Los casos de JJ Sefton (relato por entregas)
  • Un amigo esta escribiendo una mininovela negra que me esta gustando bastante, sin mas preambulo:

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    1.- Un pequeño asunto

    Hay varias diferencias entre "un pequeño asunto" y "un gran problema". Los "grandes problemas" suelen venir de la mano de esposas que, kleenex en mano, acaban diciendo "creo que mi marido me engaña". Unos dí­as después, y tras haber pasado de detective a cliente o viceversa, unas fotos, algo de dinero y 4 paquetes de kleenex, el caso está resuelto. Los kleenex suelen ser para mí­. Ya con las fotos en la mano, ellas tienden a dejarse de sentimentalismos y a su mente acuden ví­vidas escenas de castración, que no dejan de impresionarme.

    Los "pequeños asuntos" ya son otra cosa. Los traen caballeros bien arreglados, y que se dejan caer por mi oficina como si se hubiesen equivocado. Como si en vez de haber ido al despacho de su asesor fiscal hubiesen caí­do en el mí­o. Y hubiesen pensado, "Bueh, qué demonios, ya que estamos aqui..." Estos pequeños asuntos, claro, suelen involucrar corrupción, chantajes, palizas (que casi siempre recibo yo) y dos o tres pequeños asesinatos en masa.

    Y este era un pequeño asunto.

    - Se trata de mi hija.

    Guantes, gemelos, sienes plateadas y un abrigo que probablemente valí­a más que todo el mobiliario de mi despacho. Aunque eso tampoco es decir mucho. Hay cajas de cartón tiradas en la calle que también valen más que mi despacho. (Algunos dicen que incluso conmigo dentro. Dentro del despacho, no de la caja.)

    El tipo tomó asiento. Como es habitual, no presté atención a lo que me decí­a. La gente suele dar rodeos antes de llegar al punto importante. Yo, mientras, suelo imaginar unas vacaciones en las Bahamas con Jane Russell. Mientras nos sirven los daikiris en las hamacas a Jane y a mí­, el cliente habla de lo majo que solí­a ser su socio, lo fiel que era su mujer o lo buena chica que era antes su hija. Los buenos tiempos, antes de que el socio se convirtiera en un cabronazo cocainómano que sisa de la caja, de que la mujer se enrollara con el profesor de bailes de salón o de que la hija empezase a traficar con armamento pesado.

    - El caso es que últimamente...

    Ahora empezaba lo bueno. Bye bye Jane.

    - ¿Sí­...?
    - Bueno, ella está en la universidad. Se empeñó en estudiar Bellas Artes. Ahora está en segundo. Yo habrí­a preferido derecho, pero su madre le apoyó y en fin... Se ha echado un grupito de amigos que no me gustan.
    Un padre al que no le gustan los amigos de su niña. Paren las rotativas, calienten toallas, llamen a los GEOS...
    - ¿Y ya está?
    - ¿Cómo dice?
    - Quiero decir, ¿que el problema es que no le gustan los amigos de su hija?
    - No. Ayer mandaron esto a mi oficina.

    Me tendió un sobre marrón de tamaño cuartilla. Tardé unos segundos en abrirlo. Si era lo que suponí­a, mejor ir preparando la cara de póker. Lo abrí­.
    Y era.

    No es que ver fotos de chicas desnudas suponga un problema para mí­. De hecho, dedico a ello gran parte de mi sueldo. Y es tonterí­a no disfrutar de algo gratis cuando estás dispuesto a hacerlo pagando. Pero estar a un metro del padre de la criatura poní­a un punto de incomodidad a una situación que, de otro modo, habrí­a resultado bastante grata.

    - Hum... ¿El sobre llegó con alguna nota?
    - No. Nada.
    - No se preocupe. Llegará.
    - ¿Y entonces qué hacemos?
    - Dí­gamelo usted. Si quiere que paguemos, yo puedo hacer el recado. Si quiere que averigüe quién ha sido, también lo puedo hacer.

    (Y si quiere que le paguen una pasta por ellas para publicarlas en "Pijas desatadas" también conozco un tipo, pensé, pero no me pareció adecuado.)

    - Quiero saber quien ha sido. No me importa el dinero, pero no he llegado hasta donde he llegado dejando que me chantajeen o me tomen el pelo.
    - Bien, iré investigando mientras esperamos a que llegue la carta con el precio.
  • Le devolví­ el sobre, no sin antes distraer una de las fotos, y hablamos de mis tarifas. Cuando un cliente dice que no le importa el dinero, duplico mis honorarios. Si a ellos no les importa, a mí­ sí­.

    Cuando se marchó, pensé que la vida es un poco extraña. Justo cuando piensas que tu trabajo es una mierda, viene alguien, te da unas fotos de una diosa postadolescente en pelotas y te deja un fajo de billetes. Y encima te da las gracias. "La vie en rose", como decí­a la gabacha chiflada aquella.

    Saqué la foto del cajón, y la observé detenidamente en busca de pistas. Era una foto. Sacada con una cámara. Con una cámara de fotos.
    Consideré que era suficiente trabajo para una mañana y bajé al bar de la esquina a tomarme el bloody mary de las 11.

    (continuará)


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    Proxima entrega el jueves.
  • Vaya, Khayman. No sabí­a que compartí­amos amigos :)

    Saludos.
  • La red es un pañuelo :)

    No lo conozco personalmente, pero en debatalia ademas de publicar el relato se ha destapado como un tipo con buen gusto musical en el hilo de blues y el de folk del subforo de musica. Ademas que tiene estilo, pasa un muy mucho de la puta correccion politica. Gran tipo el Sefton, si señor.
  • Sí­ que lo es y, en mi caso, es amigo personal.

    Si estás en debatalia, también conocerás a una buena amiga mí­a: DesertSound.
  • Claro, esposa del "chicagüense" Fodel-Nameless. Firme defensora de la educacion personalizada entre otras cosas, estuvo al respecto "a mi lado" en una buena trifulca foril ^^

    Creo que fue ella la que llevo a ese foro a Sefton ademas de a Gretchen Ross, creo que todos son abogados o trabajan juntos o algo asin.
  • "No es que ver fotos de chicas desnudas suponga un problema para mí­. De hecho, dedico a ello gran parte de mi sueldo. Y es tonterí­a no disfrutar de algo gratis cuando estás dispuesto a hacerlo pagando."
    le han plagiado el personaje a Khyron!!

    me gustan los escritores amateur, muchas vecces vienen con cosas muy interesantes...sigue con las entregas Khayman
  • Capí­tulo 2. Vuelve a la Universidad, J.J.

    En otros tiempos, al bloody mary de las 11 le habrí­a seguido el de las 11 y media. A éste, un par de vodkas con naranja, una comida a base de cacahuetes y una larga tarde de cubatas que acababa en la puerta del Penélope’s a las 8 de la tarde. Yo aporreaba la puerta diciendo obscenidades y pidiendo que abrieran ya y el portero me aporreaba a mí­, en profesional silencio.

    Sentí­a en el ronroneo del dinero pidiendo a gritos ser gastado en conceptos no declarables a Hacienda. Pero me contuve. Por primera vez en bastante tiempo, tení­a un caso. Debí­a permanecer sobrio y entero. La perspectiva de la sobriedad me produjo una crisis que me mantuvo en posición fetal en el servicio, por no menos de un cuarto de hora. Cuando remitió, salí­ del bar dispuesto a comerme el mundo. A dar con el tipo que enviaba las fotos de la dulce Silvia Madrigal A resolver el caso, en definitiva.

    Ya en el despacho, hice los deberes. Llamé a un periodista amigo, para informarme sobre el padre de la chica.
    - ¿Tienes a Lorenzo Madrigal de cliente?, no jodas, J.J. Menudo nivelón te gastas ahora.
    - ¿Para tanto es? ¿A qué se dedica?
    - Pegó un braguetazo siendo joven, y luego ha invertido con talento. Ladrillo, principalmente. Untando con la mano izquierda y estrechando la derecha. El morro metido en un par de periódicos, en un par de partidos, en un par de clubes de fútbol…
    - Un tí­o listo.
    - Más listo que un gato con hambre.

    Colgué, alegrándome de haber renunciado a una jornada de decadencia etí­lica. Es mejor no fallar a cierto tipo de clientes. Después de comer me acercarí­a a la universidad. A ver si los amiguetes de la conejita del mes eran tan perniciosos como su padre suponí­a.

    Sentí­ un ramalazo de nostalgia al cruzar la entrada de la universidad con mi coche. Sí­, yo fui a la universidad. Tres meses intensos que no consigo recordar con nitidez. Lo que sé es que, un buen dí­a, el guardia de la entrada me dijo que ya no era bienvenido. Y que disponí­a de 15 minutos para entrar, sacar a las strippers del Aula Magna y marcharme de allí­ para no volver más. Lo cierto es que tardé media hora, pero no fue culpa mí­a. A las chicas les habí­a gustado el ambiente académico y querí­an aprovechar para matricularse en Derecho.

    Me dirigí­ a la facultad de Bellas Artes, que era el edificio del fondo. Por lo visto, el rector de Bellas Artes repetí­a una y otra vez que la habí­an emplazado allí­ por las vistas. En realidad, todos sabí­amos que Bellas Artes estaba al fondo para que el olor a canutos no llegase a la entrada del recinto.

    Eché un vistazo a las listas de alumnos, buscando la clase de Silvia Madrigal. Cuando encontré su grupo, fui a preguntarle al bedel dónde estaba el aula.
  • - Perdone, estoy buscando una aula de 2º, el grupo es el 17-B
    - ¿De plan nuevo o de plan viejo?
    - Pues no lo sé, ¿hay mucha diferencia?
    - Ja, que si hay diferencia, dice... Si es de plan nuevo, están en la segunda planta. Eso siempre que hayan convalidado "Teorí­a del Color" I y II por "Forma y fondo de la plasmación artí­stica" I, II y III.
    - Bueno, yo hasta ahí­ ya no…
    - Y claro, siempre que se trate de alumnos que domicilian. Si es de los que hacen ingreso en cuenta, la verdad es que no sé muy bien donde paran.
    - ¿Y si es de plan viejo?
    - Uh, si es de plan viejo, no es en esta facultad.
    - ¿Dan las clases de plan viejo en otra facultad?
    - No, no. Verá. Cuando cambiaron el plan viejo al nuevo, los alumnos del viejo organizaron una protesta, porque no les convalidaban los créditos de libre elección.
    - Ahá
    - El caso es que tomaron el hall, y no sé muy bien por qué, se les unieron los alumnos de Quí­micas, que protestaban por lo mismo. Organizaron una asamblea que duró una semana, pero era un lí­o, con todo el mundo pasando por aquí­, así­ que se largaron a seguir la asamblea a otro edificio.
    - Al de Quí­micas.
    - No, pasaron de ése, porque el aire acondicionado no funciona. Se fueron a una aula de la tercera planta de la facultad de Económicas. Y se han encerrado y dicen que no salen. De esto ya hace tres meses.
    - ¡¿Tres meses de asamblea?!...
    - No, no, la asamblea duró un par de semanas. Pero dicen que se está a gustito. Ahora, por lo visto, se dedican al teatro.
    - Mira tú qué bien.
    - Sí­, preparan una obra para Navidades. Creo que van a hacer una adaptación de Mujercitas, pero en onda ciberpunk. Aunque yo, francamente, no lo veo…

    Aquello no tení­a fin. Pensé que podí­a pasar horas en aquel mostrador antes de llegar a ninguna conclusión, asi que atajé.

    - Perdone que le interrumpa, la cafeterí­a ¿dónde está?
    - Siga el pasillo todo recto, esquive al tipo de los zancos y luego a la derecha.
    - Gracias.

    La regla de oro de la universidad. Al final, se acaba pasando por la cafeterí­a. Sólo se trataba de esperar a que apareciera la buena de Silvia. Pedí­ un café y me senté en una mesa a vigilar.

    Hay cosas que no cambian. Entre ellas, las cafeterí­as de las universidades. Muchos cafés, olor a marí­a y partidas interminables de mus. Aparte, cada facultad genera sus propios monstruos especí­ficos, que acaban formando parte viva del mobiliario de la cafeterí­a.

    Como la chica del pelo rosa que escenificaba ante mis narices una performance inspirada en Desdémona. No es que yo sea un experto en mitologí­a, ni que los espasmos de la chica dejasen muy claro el argumento. Pero de vez en cuando gritaba "¡¡¡Desdémona!!!, oh… ¡¡¡Desdémona!!!" Y se tiraba al suelo y rodaba. La observé con cierto sentimiento de solidaridad. Yo he amanecido asi unas cuantas veces.

    Cuando Desdémona dejó un hueco libre, una chica en la que no habí­a reparado alcanzó mi mesa y se sentó frente a mí­.

    - ¿Así­ sois los de verdad?
    - ¿Los hombres de verdad? – pregunté ilusionado.
    - No, los detectives de verdad.

    (Continuará)
  • Proxima entrega el sabado.
  • ya estamos a lunes...
  • He estado (y estoy) un poco liado, mil perdones XD
  • 3. Talento natural

    Me habí­an descubierto. Y eso me daba rabia. Porque habí­a hecho un gran esfuerzo para pasar inadvertido. Ni sombrero ni gabardina. Y llevaba más de media hora sin abofetear a nadie.

    Observé atentamente a la chica. Parecí­a haberse vestido con cosas encontradas en un cubo de basura, lo cual, dado que nos encontrábamos en la cafeterí­a de Bellas Artes, era perfectamente posible. Camiseta a rayas rojas y negras, botas de militar de color verde, con textos ilegibles escritos con tipp-ex y unos vaqueros rotos por un par de sitios. Dos piercings a la vista, uno en la ceja y otro en la nariz, aunque seguro que habí­a alguno más por ahí­ oculto.

    El corte de pelo era la obra de un psicópata. La clase de corte que te hacen mientras tus amigos en una acampada mientras duermes, aunque ella lo llevaba con naturalidad. Estaba cortado con maquinilla, al 3 o al 4, excepto un mechón largo que le caí­a sobre la cara. A pesar de todo ello, no se podí­a decir que fuese fea. O, dicho de otra manera, vestida y peinada como un ser humano, habrí­a podido pasar perfectamente por una chica atractiva.

    - Vamos, vamos- dijo ella poniendo los codos sobre la mesa y arqueando una ceja - no pensarás que eres el único que está al corriente.
    - Al corriente de…
    - Del asunto, claro está
    - Ah… del asunto. Ya. Y ¿tú qué sabes del asunto?

    La chica cogió uno de mis cigarrillos y se lo encendió, con aire confiado.

    - Bueno… lo que cualquiera sabe sobre el asunto es que… claro… que hay tema
    - ¿Te importarí­a decirme de qué estamos hablando?

    Supongo que querí­a contestarme, pero no pudo. Se puso a toser como una loca al dar la primera calada al cigarrillo. Yo pensaba que se morí­a. Rebuscó en su mochila y sacó un botellí­n de agua que liquidó en menos tiempo del que yo tardo en tomarme un chupito e irme sin pagar. Y eso es muy poco.

    Cuando volvió de su viaje por el valle de las sombras de la asfixia, era otra. Yo habí­a permanecido impasible. No ya por la viril prestancia que me han dado los años, sino porque no tení­a ni idea de qué hacer.

    - Joder, siempre me pasa lo mismo. Me dejo llevar, me dejo llevar… y se me olvida hasta que no fumo. Me llamo Marta. ¿Crees que lo he hecho bien?
    - ¿Perdona?...
    - Que si ha colado, el numerito de mujer super misteriosa.
    - Mmmno mucho – mentí­.
    - Pues vaya. Es que mi profe de interpretación nos dice que aprovechemos cualquier ocasión para meternos en otros personajes.
    - ¿Eres actriz?
    - Nah, aficionada sólo. Me apunté a un curso porque convalidaban créditos de libre elección. Mi profesor dice que tengo un talento natural, aunque creo que se quiere acostar conmigo.
    - Puede que se quiera acostar contigo porque tienes un talento natural.
    - Nunca lo habí­a visto de esa manera. Puede que sí­…

    Se quedó pensativa unos instantes, abstraí­da. Finalmente reaccionó y sacó de su mochila mi billetera. Con mi dinero, y con mi licencia de detective dentro.

    - Por cierto, esto es tuyo. Te la dejaste en la barra al pagar.
    - La mujer super misteriosa. Anda que…Pues deberí­as habérmela dado sin cotillear lo que habí­a dentro – la reprendí­.
    - Ya… pero es que soy muy curiosa.
    - Pues ten cuidado, ya sabes que a un gato… Bueno, que habí­a un gato… y era curioso… y entonces…
    - ¿Que la curiosidad mató al gato?
    - Eso.

    Soy fatal para los refranes. Lo malo es que nunca me acuerdo de esta pequeña tara hasta que ya estoy dentro del lí­o, con las neuronas intentando conectarse unas a otras para conseguir acabar la frase.

    - Por cierto – dijo ella – ¿por qué llevas una foto de Silvia Madrigal en bolas?
    - ¡¿Pero qué te acabo de decir hace un momento?! ¿No sabes que… habí­a un gato…?
  • Dicen que habí­a una vez un hombre, y una piedra. Y ese hombre tropezó, con la piedra. El caso es que después volvió a pasar por el mismo sitio. Bueno, ya me entienden. Pues yo soy ese hombre y mi vida es así­ todo el rato.

    - Ya, pues por lo que a mí­ respecta, si no me dices de qué va esto, tú podrí­as ser un maní­aco homicida que quiere matar a Silvia, y aunque ella me cae como una patada, creo que tengo la obligación moral de avisarle.
    - Para el carro, bonita, para el carro. Lo que yo haga con esa foto en la cartera son asuntos profesionales confidenciales y es secreto profesional, que es un derecho inalienable de los curas, los médicos, de no sé quién más… y mí­o también.¿ O no has visto pelí­culas de esas en que un asesino le confiesa el crimen a un cura, y el cura no puede decir nada, y se monta un lí­o de tres pares?, pues eso mismo.

    Mi impecable argumentación jurí­dica la dejó callada por unos instantes, lo cual era de agradecer. Pero eso no solucionaba el tema. La chica era una bocazas. Y yo no querí­a que Silvia Madrigal se enterase aún de que yo estaba investigándola.

    - Haremos una cosa – dije, conciliador – Yo te cuento algo, tú me cuentas algo, y si eres buena, te invito a un helado
    - De vainilla con nueces de macadamia.
    - ¿Y si resulta que sí­ soy un maní­aco homicida?
    - Pues entonces me matas a mí­ también. Pero eso después del helado.

    El ambiente universitario me empezaba a cargar. Así­ que le propuse tomar el helado en otra parte, a lo que accedió gustosa. Por lo visto lo de ir a clase era opcional. Y casi todo el mundo se inclinaba por la opción "más bien no".

    Bajamos al centro en busca de una heladerí­a al gusto de mi acompañante. Mientras yo conducí­a, y tras reí­rse un rato de mi viejo coche, de mi radiocasette y de la música que llevaba en él, me contó lo que sabí­a de Silvia.

    Eran compañeras de clase. Lo cual significa que se veí­an de pascuas a ramos, por incomparecencia de ambas. Pero Silvia era muy conocida en la Universidad. La reina de los rumores de pasillo. Y de los despachos, si hací­as caso a los rumores. Se comentaba que se habí­a acostado con el rector. Y con el bedel. Y con un hijo secreto que tení­an el rector y el bedel.

    Yo tampoco entendí­ lo último. Pero lo importante en mi trabajo es leer entre lí­neas , coger la idea general. Eso y que no te maten. La labor investigadora está sobrevalorada. Si consigues coger la idea general y no aparecer apuñalado en un callejón, la mitad del caso está resuelto en un par de semanas. La otra mitad la resuelves a puñetazo limpio o usando el chantaje. Bienvenidos a mi mundo.

    Yo le conté a Marta lo poco que sabí­a. Le pareció interesantí­simo. De hecho, mostró un entusiasmo que no hací­a presagiar nada bueno. Si no llega a ser porque se terminó las dos tarrinas de helado y yo dije que no pagaba una tercera si no era a cambio de sexo, aun estarí­amos allí­ hablando.

    La acerqué a su casa y me despedí­. Se empeñó en quedarse con una tarjeta mí­a, por si se enteraba de algo. Me quedé sin tarjetas de visita allá por el 96 y siempre se me olvida encargar más, así­ que le apunté mi número en la palma de la mano.

    - Eres un poco cutre a veces, ¿lo sabí­as?
    - Se llama elegancia desaliñada. Por cierto, si te enteras de algo y me quieres llamar, vale, pero tú no vayas preguntando por ahí­.
    - Tranquilo, hombre – Volvió a retomar el tono de super agente misteriosa – Sé lo que tengo que hacer para que "esos truhanes" "canten de lo lindo".
    - Eh… Marta…
    - ¿Qué?
    - Tu profesor de interpretación…
    - ¿Sí­?
    - Te dice lo del talento sólo porque se te quiere follar. Tú mejor no investigues.

    (Continuará)
  • Tu amigo necesita sexo.
  • Malditos argis, dejen de psicoanalizarlo todo, coño. XD
  • no nos confundas con cholos como Dukenukem y el otro q no nombro para q venag a arruinar el hilo...

    "Por lo visto lo de ir a clase era opcional. Y casi todo el mundo se inclinaba por la opción "más bien no"."
    jajaja esto me recuerda a la UNIVERSIDAD DE PALERMO ("otra forma de estudiar" ¿?), donde asiste el ilustre Mauro Mazza...
  • Publicado por: Zaratustrano nos confundas con cholos como Dukenukem y el otro q no nombro para q venag a arruinar el hilo...


    Vale, pero como me llameis alguna vez mas gallego siendo andaluz me hago un monedero con vuestro escroto, avisaos quedais :P
  • Publicado por: Zaratustrano nos confundas con cholos como Dukenukem y el otro q no nombro para q venag a arruinar el hilo...

    "Por lo visto lo de ir a clase era opcional. Y casi todo el mundo se inclinaba por la opción "más bien no"."
    jajaja esto me recuerda a la UNIVERSIDAD DE PALERMO ("otra forma de estudiar" ¿?), donde asiste el ilustre Mauro Mazza...


    Ah la mitica Universidad Espanola ,,, !

    Bueno lo de saltarse las clases no es obligatoriamente un signo de que estes al sol poniendote ciego de calimocho ,,,

    Mas de uno de mis "ilustres" profesores en la mitica facultad de derecho de la Universidad de Oviedo lo decian claramente ,,, a ustedes ni se les pase por la cabeza el aprobar poniendome en el examen lo que yo les he explciado en clase ,, tal cual. Mas de uno y mas de dos , la cita es literal o casi asi que la manera mas productiva de emplear esa hora es saltarse la clase e ir a la biblioteca y pasarse la hora memorizando el tomo correspondiente ni mas ni menos ,,, y que mierdas de libros por cierto ,,, yo de todos los que tuve que soportar excepto el enterria de derecho admvo , que estaba magnificamente bien escrito , el resto era el tipico libro ad-hoc escrito por tu propio catedratico ( asi tenias que comprarselo toma ya publico cautivo ) y como la mitad de los catedraticos eran unos morrongos semianalfabetos aquello ademas no habia quien se lo tragara ,,,
  • Publicado por: Khayman psiquenauta
    Publicado por: Zaratustrano nos confundas con cholos como Dukenukem y el otro q no nombro para q venag a arruinar el hilo...


    Vale, pero como me llameis alguna vez mas gallego siendo andaluz me hago un monedero con vuestro escroto, avisaos quedais :P


    La noveluca esta bien divertida ,, sigue posteando si te haces con mas capitulos ,,,
  • 4.- Una llamada inoportuna

    Me encontraba en el Penélope's a punto de disfrutar del justamente célebre "baile de la nata" a cargo de Lucinda, la ex-torcedora de puros cubana, cuando sonó el teléfono.

    - Seas quien seas no estoy
    - Hola, J.J, soy Marta
    - Me pillas en mal momento
    - Es importante

    Con harto pesar, me quité a Lucinda, el minipimer y la macedonia de frutas de encima.

    - A ver, ¿qué pasa?
    - Es Silvia, me he enterado de con quién está liada
    - Yo también, con media España
    - Bueno, pero más en concreto. Con un tal Mario
    - Bien por ella, y por Mario
    - Les he visto hoy, él ha venido a la facultad recogerla con su coche.
    - Ahá ¿Has cogido la matrí­cula?
    - Pues no. El coche es un Mini de esos nuevos
    - Ya, ¿y qué más sabes del amigo Mario?
    - Según me han contado en la cafeterí­a el tí­o está terminando derecho, pero también hace trabajitos de modelo, está superbueno
    - Pues siento decí­rtelo, pero es gay.
    - Sí­ hombre, no veas los achuchones que se daban los dos.
    - Fachada. Lo sabrí­as si llevases tanto tiempo como yo en esto. Joven, guapo, modelo, lleva un coche de tí­a, y encima se llama Mario. Eso tiene un nombre, rica.
    - Ya, los calvos fondones con coches de mierda tiráis más a hetero, eso es cierto

    Lo reconozco; eso duele incluso a alguien que, como yo, bucea en el menosprecio femenino a diario.

    - Ya, bueno, pues gracias por informarme. De todos modos, ¿a ti no te dije que no investigaras?
    - No he investigado, sólo he visto algo, he hecho unas preguntas, he pagado unas rondas y he atado cabos
    - Sólo te ha faltado el chantaje, un par de palizas en un callejón y un sombrero de fieltro
    - ¿Qué?
    - Nada, que eso es investigar, pero está bien, te lo agradezco. Te debo un par de helados de esos
    - Eso como poco
    - Por cierto… acerca de este Mario… ¿su apellido empieza por S?
    - Pues sí­; Saavedra, ¿cómo lo sabí­as?
    - Porque soy muy bueno.
    - Ya…¿pero cómo lo sabí­as?
    - Dime… durante esa no-investigación que has llevado a cabo, ¿no te habrás acabado enterando de dónde vive Mario?
    - Puede… si me cuentas cómo sabí­as que su apellido…
    - Te lo prometo, mañana quedamos para los helados y te lo cuento
    - Bueh, mañana mañana…
    - No refunfuñes, no te cuento todo por no… ponerte en peligro
    - Vaya excusa de mierda. Al menos podrí­as molestarte un poco. En fin.. el caso es que todo esto me lo ha contado uno de mi clase que le conoce porque vive en el mismo colegio mayor.
    - ¿En cuál?
    - El Duque de Rivas
    - Perfecto. Gracias por todo. Te llamo mañana – colgué
  • Lucinda me miró con cara de desaprobación.

    - No se interrumpe a Lucinda y la nata, por cosas del trabajo, mi amol

    Lo malo de hacerte un habitual de un sitio como el Penélope's es que las putas te acaban tratando como a un marido, con reproches y todo. Aunque reconozco que tiene su lado tierno. Le dí­ un beso en la mejilla, le prometí­ que otro dí­a apagarí­a el móvil, pagué la media hora y me largué volando.

    Un par de horas más tarde, Mario Saavedra abrió la puerta de su sencilla pero coqueta habitación en el Duque de Rivas. Lo sé con precisión, porque yo le esperaba dentro.

    - Hola Mario

    Se dio un buen susto. De esos que te recorren la columna como si te hubiesen pasado un cubito de hielo. Un pringado. Yo ya estoy acostumbrado a encontrarme gente que no conozco cuando entro en mi casa. De hecho, cuando abro la puerta de casa y no veo a nadie en mi sofá bebiéndose mi whiskey, me inunda una extraña melancolí­a.

    - ¿Quién eres tú, y qué ….coño haces en mi cuarto?
    - Me llamo atiquecoñoteimporta, y estoy aquí­ para decirte que eres gilipollas
    - Voy a llamar a Seguridad
    - No hay Seguridad, idiota. Sólo está Paco, el conserje, le conozco hace años. No veas la de padres preocupados que contratan mis servicios. Y a Paco, le importa tres puñetas lo que te pase, porque a estas alturas debe de llevar ya mediada la botella de JB que le he traí­do. Así­ que dejémonos de tonterí­as, y vamos a hablar.
    - ¿Qué es lo que quiere?
    - Ya te lo he dicho, he venido a decirte que eres gilipollas
    - ¿Por qué?
    - Por esto

    Le tiré el albornoz que estaba en el respaldo de la silla de estudio. Un bonito albornoz granate de caballero que yo ya habí­a visto antes de esa noche.

    Él lo cogió al vuelo y lo inspeccionó, supongo que buscando algo. No era muy listo, no.

    - No entiendo
    - Pues es muy fácil. La próxima vez que le hagas fotos a una tí­a para sacarle pasta a su padre, intenta que no tenga tanta pasta como el padre de Silvia. La gente así­ suele contratar detectives. Y también estarí­a bien que te asegurases que en las fotos no aparece como atrezzo un albornoz con tus iniciales.

    Los ojos se le abrieron de par en par, se apoyó en la pared con el albornoz en las manos, acariciando la M y la S bordadas en el bolsillo. Miraba al suelo y le temblaba la barbilla. Esto iba a ir para largo.

    -¿Ves cómo es cierto que eres gilipollas?

    (Continuará)
  • Capí­tulo 5: Un halcón acechante

    A la mañana siguiente, Marta devoraba un helado mientras le contaba la historia de las siglas y el albornoz. Impresionar a una veinteañera mientras ésta se come un helado es un nuevo placer que he encontrado. Uno no se hace viejo del todo mientras mantenga la ilusión por las cosas.

    - Bueno, ¿y qué te dijo?
    - En realidad, nada.
    - ¿Cómo que nada?
    - Nada útil. Las fotos las hizo él, eso sí­. Pero dice que no las mandó. Y que no sabe nada de un chantaje. Que alguien le ha tenido que que coger la cámara y que lo ha hecho por su cuenta. Él sólo las tení­a en la memoria de la cámara.
    - Pues vaya. Menuda bola.
    - No, en eso dice la verdad.

    No era del todo cierto, pero me gusta epatar a las jovencitas. Epatar y más cosas si se puede, pero en este caso habí­a que conformarse. El caso es que en el transcurso de mi charla con Mario hubo un momento en que me coloqué junto a la ventana, para no presionarle. Cuando hablábamos sobre quién pudo haber mandado las fotos, reaccionó durante un segundo, como si hubiera dado con la respuesta. Fue muy breve, sólo una mirada, pero bastó. Lo malo de mirar por las ventanas de noche es que no se ve un carajo de lo que pasa fuera. Lo bueno es que en el reflejo del cristal se ve todo lo que pasa a tus espaldas.

    Y es lógico, unas fotos así­ no se van dejando por ahí­ a los amigotes. Bueno, yo sí­ lo harí­a, si tuviese amigos a las que dejárselas. Pero en cualquier caso, no con las fotos de la hija de un hombre como Lorenzo Madrigal.

    Y por otro lado, algo fallaba. Habí­an pasado 3 dí­as desde que me visitó el padre de Silvia. Y un dí­a más desde que a él le llegaron las fotos. Los chantajes suelen ser rápidos. Si das tiempo a que el pardillo piense, le puede dar por hacer cosas como llamar a la policí­a. Y todaví­a no habí­a llegado ninguna carta, ningún mensaje con el precio. O quien fuese que las mandaba se habí­a arrepentido, o sólo querí­a hacérselas llegar, sin pedir nada a cambio. Lo cual es muy diferente de no conseguir nada a cambio.

    Pensé que el mensaje ya habí­a llegado esa misma tarde, cuando me llamó Lorenzo Madrigal. Pero no era así­.

    - Ha venido a verme un tal Mario
    - ¿Cómo?
    - Mario Saavedra, ha venido a mi despacho.
    - ¿Y qué querí­a?
    - Decirme que él no tení­a nada que ver en esto, que sólo le habí­a hecho unas fotos a Silvia. Se ha disculpado por todas las molestias, por hacerle fotos, por visitarme, y hasta por respirar demasiado fuerte.

    Le conté lo de mi charla con Mario. Parece ser que el chaval tiene dos dedos de frente, y algo más de valor de lo que yo pensaba. Mejor no ponerse a mal con el viejo, y dejar las cosas claras, debí­a de haber pensado. Dejar las cosas claras es lo que menos le conviene a uno cuando ha hecho algo malo. Así­ que o Mario era un chantajista lamentable o decí­a la verdad. La verdad y nada más que la verdad. Pero claro, no toda la verdad.

    Se acercaba el momento de repartir las letras. A partir de cierto momento en todos los casos hay que hacer eso. Saber quienes son los buenos, y quienes son los malos. En mi caso, uso la C y la P. C de cabrón, y P de pichón.
  • Así­ que tení­amos a Lorenzo Madrigal. Nadie así­ de rico e influyente es una blanca paloma, pero, a los efectos del caso, le concedí­ una P de pichón. Y a otra para Mario, que parecí­a habérsela ganado a pulso. A falta de que saltasen más jugadores nuevos al campo, a Silvia le tocaba una C. Porque entre tres pichones no hay chantajes ni fotos inapropiadas.

    Desde luego Silvia tení­a acceso a las fotos que le habí­a hecho Mario. Pero eso me complicaba las cosas. Porque si lo habí­a hecho Silvia, no era por dinero. Y eso me molesta enormemente. Con la buena gente, la gente sana y normal que comete delitos por dinero, uno sabe por dónde tirar.

    Pero Dios me libre de los rencorosos o los idealistas. Nunca sabes por dónde te va a salir esa gentuza. Crees que ya está todo explicado y alguien te sacude con una pala en la cabeza cuando vas a entrar al coche. Luego te ata a una silla se pone a contarte que su mamá no le querí­a de niño. Una mierda. Con gente así­ no se puede trabajar.

    Mientras saqueaba un cuenco de cacahuetes en la barra del Penélope’s elucubraba con los motivos que podrí­a tener Silvia para hacer algo así­. Un numerito excesivo, si era sólo para incordiar a sus padres. Para eso se han inventado los piercings, el tunning y la comida vegetariana. Si no era por dinero, y no era por jorobar, tení­a que averiguar por qué. O eso, o me faltaba alguien nuevo, que entrase en el juego, cogiese la C de Silvia y se la cambiase por una P. De pija, de pendón, de pardilla, o de cualquier otra cosa.

    Sonó el móvil.

    - Soy Marta. Dime una cosa, el papel, ¿de qué marca es?
    - ¿Qué papel?
    - El de la foto, idiota.
    - Ah, sí­, el papel, espera que recuerde, porque lo miré – mentí­ mientras sacaba la foto de la cartera – Es Kodak Star Digital. ¿Por qué?
    - Pues por si nos sirve para saber en qué tienda se revelaron. En la que me revelan a mí­ las mí­as usan un AGFA.
    - Habrá miles de tiendas que usen un mismo papel.
    - Puede que sí­, o puede que no. Preguntaré a mis compañeros a ver si les suena.
    - Bueno, no te vuelvas loca, creo que no sacaremos mucho de ahí­.
    - Ya, perdón por ayudarte.
    - Vale, oye, perdona, te lo agradezco.

    Maldita sea. No, no era ninguna tonterí­a lo del papel. No se me habí­a ocurrido porque soy un hombre, y si pones a Silvia en bolas por una cara, no miro la otra. No se puede ser así­. Hay que estar más centrado, más frí­o. No dejarse llevar por las pasiones humanas. Ser un halcón nocturno, vigilante, acechante, ajeno a los placeres de la carne.

    - ¿Otra vez ese móvil, mi amol?

    Lucinda salió de detrás de una cortina. Colgué el teléfono sin despedirme de Marta, lo apagué y lo dejé en la barra. Luego acompañé a Lucinda hasta el cuarto del fondo. Los halcones nocturnos también tenemos derecho a un descanso, de vez en cuando.
  • Capí­tulo 6: Uñas de color verde

    Las cosas no iban bien. Parecí­a como si alguien le hubiese dado al botón de pausa. Ni una llamada de Madrigal, Mario parecí­a inocente, y todaví­a no querí­a hablar con Silvia. En otras palabras, o nadie estaba moviendo ficha, o lo estaban haciendo en un tablero que yo ni habí­a visto.

    Así­ que, contra mi costumbre e intenciones, tuve que hacer algo que siempre procuro evitar. Hacer vigilancias. Lo más aburrido que existe en mi trabajo. Uno se mete en esto para conocer a mujeres bellas y malvadas, cobrar en fajos de billetes y recibir una paliza de vez en cuando. No para apostarse en un coche y ver pasar la vida, pero a veces hasta los talentos como el mí­o tienen que rebajarse.

    Pregunté a Lorenzo Madrigal la dirección de Silvia. La chica tení­a un apartamento en el centro, para estar más a su aire mientras hací­a la carrera. Y por lo que parecí­a, en la vida de Silvia habí­a aire como para resfriar a una tribu de esquimales.

    Lo de las vigilancias se inventó antes de que a los ayuntamientos les diese por plagar el suelo de lí­neas azules. El resultado es que ahora un dí­a de vigilancia me sale más caro que una noche en el Penélope’s. Pero tení­a que recuperar el hilo del caso por alguna parte.

    El edificio tení­a cuatro plantas más ático. Por supuesto, Silvia viví­a en el ático. Habí­a dos pisos por planta en las cuatro inferiores, pero el ático era único, así­ que imaginé que tení­a un tamaño respetable. Desde abajo sólo se veí­a una gran terraza, con algunas macetas, y se adivinaba una mesita de exterior. Perfecta para desayunar después de haber compartido noche y cama con Silvia. Las vigilancias me ponen romántico.

    Las horas pasaban despacio, desde mi coche. Habí­a aparcado a las siete de la mañana, para asegurarme, aunque estaba seguro de que no habrí­a nada de movimiento hasta unas horas más tarde. Si yo fuese rico tampoco madrugarí­a. Tení­a un ojo puesto en el portal y otro puesto en la puerta del garaje. Según me habí­a dicho su padre, Silvia tení­a un Audi A3 rojo.

    A las 10 y media el portal se abrió, y una Silvia arreglada pero informal se dignó a iluminar la calle con su presencia. Vamos de paseo – me dije – ya era hora. Me sentó bien el aire de la mañana. Pero fue lo único. Silvia sólo habí­a salido a darle trabajo a la tarjeta. Compras y más compras. Sandalias, un bolso, algo del súper. Mensajes por el móvil cada cinco minutos. La rutina de una pija urbana, supongo.

    Tras un par de horas de intenso trabajo y, cargada con 4 bolsas, volvió a su bonito ático. Y allí­ se quedó el resto del dí­a. Por lo visto, hoy tampoco tocaba lo de ir a la universidad. Comí­ de menú en un bar nauseabundo que estaba enfrente de su casa. La ensalada tení­a demasiado aceite, el filete tení­a demasiado aceite y hasta el flan tení­a demasiado aceite.

    Por supuesto, cuando volví­ al coche me quedé dormido. Me desperté un par de horas más tarde, cuando un imbécil en un BMW tocó en mi ventanilla para preguntarme si iba a salir. Sí­, a darte dos ostias, pensé.

    Luego me arrepentí­ de haber pensado eso, porque el imbécil me habí­a hecho un favor. Un par de minutos más tarde, Mario, el bello Mario, dobló la bocacalle y llamó al portero automático.
  • Tres horas después, el mismo bello Mario abandonaba la casa, supongo que tras algo de revitalizante ejercicio. Nada nuevo, y más aburrimiento. Me pregunté si Mario habrí­a hablado con Silvia del tema de las fotos. Lo normal serí­a haberlo hecho. Pero Mario parecí­a más listo. La jugada de ir a hablar con Lorenzo Madrigal fue un tanto inesperada. Igual estaba a la espera. Pero claro, eso no significaba dejar de tirarse a Silvia. Yo tampoco lo habrí­a hecho. Honesto, guapo y listo. Me empezó a caer realmente mal.

    Más tarde me reconcilié con Mario. O más bien, un tí­o me reconcilió con Mario. Uno que también tocó al timbre de Silvia y subió. Y que no saldrí­a hasta la mañana siguiente. Ah, qué duro es el amor a veces. Y qué cansado, para algunas.

    El tí­o tendrí­a la misma edad que Silvia. Pelo corto, vaqueros, un polo, un chaquetón Belstaff de moto y un casco. Le hice una foto. Una vez subió dí­ una vuelta a la manzana, en busca del corcel de este nuevo Romeo. Aparcada en la acera, a la vuelta de la esquina, una bonita Triumph Bonneville, con el motor todaví­a caliente. Pijo con clase. Tomé nota de la matrí­cula. Volví­ al coche, a seguir con mi apasionante jornada.

    Marta me llamó.

    - Hola, ¿qué haces?
    - Estoy sentado en mi coche
    - Tú sí­ que sabes divertirte. ¿Sabes algo nuevo?
    - No mucho. ¿Tú?
    - Jo, tí­o, qué lento eres. No, yo no sé nada, pero a ti te pagan por esto.
    - Yo también te pago, en helados, pero te pago. Y con mi codiciada compañí­a
    - Puf, sí­, no veas el palo que me va a pegar Hacienda el año que viene por eso
    - ¿Estás haciendo algo importante?
    - Me pintaba las uñas de los pies. De verde. Te estoy llamando mientras se secan.
    - Pues cuando se sequen, ¿por qué no me vienes a ver? Así­ me haces compañí­a un rato

    Le dí­ la dirección y media hora después Marta abrí­a la puerta de mi coche y se sentaba en el asiento del copiloto. Se descalzó y me puso el pie encima.

    - Moní­simas, ¿a que sí­?...
    - Son… verdes. Muy.. original
    - Eres un coñazo.

    Le enseñé la foto del nuevo amigo de Silvia, pero no tení­a ni idea de quién era. Daba igual, lo cierto es que llevaba todo el dí­a solo y me apetecí­a tener alguien con quien charlar.

    - ¿Por qué me ayudas?
    - ¿Eh?
    - Que por qué me ayudas

    Se encogió de hombros.

    - Me caes bien. Y es divertido. Aparte, tengo curiosidad.

    Renuncié a volver a intentar lo del refrán del gato. Pasó un rato, y cuando vi que el bar del menú estaba a punto de cerrar, me acerque a por un par de helados.. El camarero me miró como si fuese un pervertido, lo cual demuestra que a veces hay que fiarse de las primeras impresiones.

    Cuando volví­ al coche Marta se habí­a quedado dormida. Habí­a reclinado el asiento,y tení­a los pies descalzos colocados sobre el salpicadero. No quise despertarla, aparté su helado y me tomé el mí­o.

    No quedaba tan mal el verde, después de todo.

    (Continuará)
  • Venga Khayman, dile a tu amigo q afloje un poco al porro y siga escribiendo!!
  • ¿Ya hicieron su aparición las Sarpa salpa bautizadas como Renton, Spud, Sick Boy y Tommy?
  • Capí­tulo 7: Es una buena chica


    A mitad de noche, Marta se despertó como si nos estuviesen bombardeando. Me sirvió para despertarme yo también, porque la modorra me habí­a atrapado hací­a un par de horas. Ella se desperezó, me robó un cigarrillo y al momento comenzó a desgranar teorí­as sobre el caso. Supongo que tení­a razón en alguna cosa, pero no puedo estar seguro porque no le estaba prestando atención. Me parece indecente ponerse a pensar a los 5 minutos de haberse despertado. El cuerpo necesita un rodaje.

    Para despejarme y también para alejarme de ella un par de minutos, me asomé a ver si la moto seguí­a en su sitio. Eran las 4 de la mañana y sí­, allí­ seguí­a. Valoré si merecí­a la pena esperar a que el tí­o saliese por la mañana para seguirle. El nombre lo conseguirí­a fácilmente con la matrí­cula. Y en cualquier caso, estaba claro que no habí­a ido al apartamento de Silvia a entregar un paquete.

    - Nos vamos.
    - ¿Ya? ¿Y la vigilancia?
    - La vigilancia ha llegado a su fin. Gracias a todos por participar. Te acerco a casa.
    - ¿Y si pasa algo ahora mismo?

    Observé la calle. Ni un alma. Todas las luces del edificio estaban apagadas. A lo lejos, un gato maullaba. Recordé mi cama, mi querida cama. Sin hacer y con las mismas sábanas desde hace un mes. El olor a tabaco de mi cuarto, los calcetines debajo de la cama. El poster de la playmate de Abril del 92 puesto en el techo. El hogar, maldita sea.

    - Si pasa algo que llamen a los bomberos.
    - Tú sabrás, pero no me parece muy profesional
    - Habló la que cobra en helados… Anda, calla, que me vuelves loco

    Seguí­ sus indicaciones hasta llegar a su casa. Era terrible como copiloto. Me iba contando anécdotas, de una cosa que le pasó en ese bar que acabamos de pasar, o la vez que robó una camiseta de aquél Mango de allí­. Tras dar vueltas durante media hora acabamos a unas pocas manzanas de la casa de Silvia.

    - Me encanta la ciudad de noche, las calles vací­as… está todo superpací­fico. ¿No crees? Podrí­a pasar horas paseando en coche.
    - Ya me he dado cuenta, porque es la tercera vez que pasamos por esta calle. Si te gusta pasear cómprate un coche.
    - Bah, si no tengo ni carnet. Tú me podrí­as enseñar a conducir.
    - Ya veremos. Pero eso otro dí­a, ahora sube a casa y duerme un rato.
    - Bueno, vale. Pero no creo que duerma ya, creo que haré limpieza.
    - Lo que te dé la gana.

    Arranqué antes de que me convenciese para ir a robar matrí­culas, a saltar a la comba en un parque o a alguna otra locura derivada de su hiperactividad. Como un autómata llegué a mi apartamento y me dejé caer en mi cama, a medio desvestir.

    A las doce del mediodí­a algún cretino me llamó a móvil. También llamó a las doce y media. Y luego a la una. Cuando el teléfono volvió a sonar a la una y media me resigné y lo cogí­.

    - ¿Qué?
    - Buenos dí­as… Soy Mario…
    - ¿Qué Mario?
    - Mario Saavedra, vino a verme anteayer
    - Ah, sí­, ya sé, ya sé.
  • Esa maní­a mí­a de ir dando mi teléfono por ahí­ a todo el que me encuentro, "por si pasa algo". En general es buena una buena práctica, pero en ese momento me habrí­a abofeteado por idiota. Tengo mal despertar.

    - ¿Y qué pasa?
    - Me gustarí­a hablar con usted, es por Silvia
    - ¿Qué le pasa?
    - Está muy rara

    Lo que está es muy buena, pensé. Pero no quise ponerme a discutir esos detalles por teléfono. Le dije que viniese a verme a mi despacho a las cuatro. Cuando ya hubiese empezado el dí­a.

    A las cuatro menos cuarto, Mario ya estaba sentado enfrente de mí­, contándome una triste historia sobre Silvia. Según él, Silvia no era la pija frí­vola y sexualmente hiperactiva que todo el mundo creí­a. La verdad es que si no lo era, interpretaba el papel a conciencia. Otra con talento natural.

    - El año pasado estuvo ingresada unos meses, con un tratamiento para la anorexia. La cosa parecí­a haber mejorado, pero ha vuelto a las andadas.
    - Si le dijiste lo de las fotos, es normal, estará preocupada.
    - No, es anterior a eso. Está como ausente, hace cosas a escondidas, le pasa algo, pero no sé qué es.

    Me dio pena Mario. Sí­, claro que le pasa algo a Silvia. Le pasa un tí­o con una Bonneville. Y mejor no decir por dónde.

    - Ayer, por ejemplo, estuve con ella, fui a verla a su casa. Estuvimos un rato juntos, nos acostamos. Cuando fue a ducharse, le llegó un mensaje al móvil. Yo no lo miré, pero le avisé de que le habí­a llegado uno cuando salió de la ducha. Intentó disimular, pero al rato de leerlo me despachó, dijo que tení­a cosas que hacer y que querí­a acostarse pronto.

    Lo de acostarse pronto seguro que lo hizo, pensé.

    - Bueno, esas cosas pasan, a veces las parejas tienen estos… problemas.
    - No tenemos ningún problema como pareja. Es algo que le pasa a ella. Hace unos meses que casi ni se pasa por la universidad, se queda encerrada en casa.
    - ¿Y antes no era así­?
    - No, desde que salió de la clí­nica, las cosas iban mucho mejor. Salí­a, iba a clase… Luego volvió a perder interés por las cosas. Hace un mes le dieron un golpe en la puerta del coche. Todaví­a no lo ha llevado a arreglar.

    Mi coche tiene bollos desde hace diez años. Lo considero un testimonio vital del vehí­culo. Como las arrugas bien llevadas. Pero claro, yo no soy una niña de papá con un coche de 4 millones. En ese mundillo los bollos y las arrugas sólo son testimonios de decadencia a eliminar.

    - ¿Y qué crees que está pasando?
    - No lo sé, por eso he venido a verle. Lleva unos meses así­, y ahora encima está ese tema de las fotos. He pensado incluso que ha podido ser ella misma la que se la mandó a su padre. Para jorobarle, o para llamar la atención.

    Sí­, eso también lo habí­a pensado yo. La gente a veces hace cosas raras para llamar la atención. Yo un dí­a me comí­ ensalada. Entera.

    - Ya sé que ella da otra impresión – siguió Mario – pero es una buena chica.

    Le despedí­ sin decirle nada del fulano de la moto. Puede que tuviese parte de razón así­ que, para qué estropearlo. Además, un dato así­ le podí­a empujar a hacer tonterí­as. No te puedes fiar de la gente honesta como Mario. Se pasan el dí­a hablando a las claras, siendo francos, poniendo las cartas boca arriba. Ya habrí­a tiempo para esas cosas, más adelante.

    (Continuará)
  • uh, estos escritores amateur...mí s adictos a las pastillas q a la pluma...
  • Capí­tulo 8: Salud, dinero y amor

    Hay una norma que no conviene olvidar cuando intentas sacarle información a alguien. Tienes que darle algo, o tienes que amenazarle con algo. Eso significaba que yo estaba en punto muerto. De Mario ya habí­a sacado lo que habí­a por sacar y más. Y no tení­a mucho mérito, porque hasta mi gato habrí­a podido hacerlo. Lo de ese muchacho era pasión por la charla.

    Aparte estaba Silvia. La cual ya sabí­a de mi existencia, por Mario el bocazas. Y sí­, podí­a amenazarla con decirle a Mario lo del tí­o de la moto. Todo dependí­a de cuánto valorase ella semejante pareja. Por las horas que pasaban juntos, no parecí­a que mucho.

    Y luego tení­a al chulo de la moto. Habí­a buscado su nombre en Tráfico y a menos que hubiese robado la moto, o se la estuviese cuidando a un amigo, su nombre era Ví­ctor Martí­n. También podrí­a hablarle a él de Mario, pero es posible que ya lo supiera. Y por otro lado, hinchar las narices a la gente con temas de cuernos es una apuesta de imprevisible resultado. Lo mismo no se lo creen, como te cuentan que ya lo saben, como cogen un cuchillo de cocina y montan la de San Quintí­n. Sólo para situaciones desesperadas. Y por ahora Lorenzo Madrigal me seguí­a pagando.

    Con cierta resignación, pensé que mi única opción era seguir vigilando y esperar a que ocurriese algo. Alterné las vigilancias a Silvia con las que le hací­a a Ví­ctor. Eso hací­a que me dejase horas sin cubrir, pero era mejor que nada. Además, Ví­ctor repitió la jugada y pasó la noche en casa de Silvia dos veces en una semana. Sólo se veí­an en el piso de ella, lo cual era un poco extraño. La ventaja de un ligue con moto es básicamente… poder ir en la moto. Será que soy un cí­nico.

    Cuando, tras otra noche de Ví­ctor en el piso de Silvia, le seguí­ a él hasta su casa me llevé una sorpresa. No viví­a en la clase de barrio que yo esperaba. Si no nos hubiésemos vuelto todos locos con los precios, habrí­a jurado que la moto y la chaqueta que llevaba valí­an más que el piso donde viví­a. Era un edificio feo y anodino de ladrillo. Y en una zona de esas en las que si dejas la moto una noche en la calle, al volver te queda la rueda delantera y una nota de agradecimiento por ser tan idiota.

    Sin embargo, él no tomaba muchas precauciones. La dejaba aparcada al lado de su portal, sin candarla. Yo nunca harí­a eso. A no ser que estuviese seguro de que los manguis del barrio la iban a respetar. Así­ que o el chico era tonto, o alguien por ahí­ sabí­a que "la moto del Ví­ctor no se toca".

    Por otra parte, vigilar a Silvia era como ver crecer la hierba. El paseo de compras del primer dí­a no se repitió en una semana, y acabé pensando que más que un hecho rutinario habí­a sido un ataque compulsivo. Eso cuadraba con lo que me contaba Mario sobre su estado. Bajaba a comprar cuatro cosas en un par de tiendas que habí­a a unas manzanas de su edificio y volví­a a casa.
  • Excepto un dí­a. Bajó a la calle a media mañana y fue al chino de la esquina, como ya le habí­a visto hacer más veces. Pero luego, y en una novedad bastante sorprendente, cruzó la calle y se metió en una administración de loterí­as. Salió de allí­ con un par de boletos que metió en el bolso.

    Unas horas más tarde, y como habí­a ocurrido los últimos dí­as Marta escuchaba las novedades desde el asiento del copiloto, mientras hojeaba distraí­damente una playboy que habí­a encontrado en la guantera.

    - ¿Y qué?
    - ¿Cómo que "y qué"?
    - La gente juega a la loterí­a
    - Silvia no es "gente". Para Silvia el dinero se consigue llamando a casa y pidiendo más. ¿Hacer loterí­a? Ni de coña. En Navidad, a lo sumo. Y probablemente ni eso.
    - Igual tienes razón. Y qué, ¿es una ludópata o necesita dinero?
    - Pues sí­, esa es la pregunta. Pero los ludópatas no tiran por la loterí­a. Les gustan las tragaperras, el bingo, los caballos. Las cosas con emoción en el juego. Lo de las loterí­as es más de gente que necesita pasta
    - Pues si Silvia Madrigal necesita pasta va a ser verdad que estamos en crisis, ¿eh?
    - Creo que ella sí­ que está en crisis. Y en una gorda, además
    - Vale. Oye, ¿te importa que te haga una pregunta?
    - Dime
    - ¿De verdad os gustan estas tí­as? – Marta me mostraba la portada de la revista. La dulce Shayla, de Mayo del 98, una de mis favoritas
    - Eh… no. La compro por los artí­culos
    - Ya. Deberí­as buscarte excusas mejores para tus perversiones
    - Y yo te agradezco el consejo. Pero llegas dos divorcios tarde. Te llevo a casa.

    (Continuará)
  • (los estoy espaciando porque ahora el autor va mas lento con las entregas, y si, ya hemos pensado en raptarlo como en Misery)
  • parece q el autor finalmente falleció de sobredosis
  • Capí­tulo 9: Directo al grano

    Llevaba un par de dí­as observando desde mi coche, sin que hubiese ocurrido nada digno de mención. Aunque en realidad, sí­, habí­an ocurrido muchas cosas. La pareja gay del 3º D del mismo portal que Silvia habí­a discutido. Al dueño del bar donde comí­a el menú le llegaban cartas de 3 empresas distintas de créditos rápidos. Vaya con la crisis. Y el teckel de una señora que viví­a dos calles más arriba tení­a diarrea, pero se estaba recuperando. Todo moderadamente interesante, pero ninguna información por la que nadie me estuviese pagando.

    Llamé al interfono y, al decir quién era, Silvia me abrió sin hacer más preguntas. Un minuto más tarde, una Silvia en bata me abrí­a la puerta de su casa. Ah, cuántos compañeros suyos habrí­an deseado estar en mi pellejo. Pero habí­a decidido que yo iba a ser ese tipo frí­o, inalterable por las pasiones comunes. Y además llevaba un par de semanas con la foto de la chica desnuda en la cartera. Eso afecta al proceso natural de seducción. Es como ver una pelí­cula de misterio sabiendo quien es el asesino.

    - Mario me dijo que usted habí­a ido a verle
    - Un buen chaval
    - Estaba a punto de desayunar, ¿quiere un café?
    - Claro

    Salimos a la terraza a tomar el café. Seguro que a lo del desayuno en la terraza de Silvia también se habrí­a apuntado más de uno. Alguno que no hubiese pasado la noche haciendo guardia en el coche, claro.

    - Vayamos al grano – dije tras dar un par de sorbos a mi taza.- ¿Qué y cuánto?
    - ¿Qué y cuánto?
    - ¿Qué y cuánto te metes? Coca, heroí­na, éxtasis… a canuto no huele, así­ que dime, acabaremos antes
    - Yo no consumo drogas – contestó muy sorprendida de mi conjetura
    - Pues es una pena. Porque era una historia estupenda, y cuadraba casi todo. ¿Te la cuento?

    Ella asintió con cierto temor. Intentó adoptar un gesto de negación displicente. Ese con el que decimos "No has dado ni una". Salvo que ella ya puso esa cara antes de que empezase a hablar. Precoz, para variar.

    - La historia va así­. Una chica bien. Que sale con un chico bien. Y un dí­a, por ahí­, como sea, se enrolla con un chulo de mierda. En un bar, o algo así­.

    Ella torció el gesto al saber que tení­a localizado a Ví­ctor

    - Ya sabes, uno de esos chicos malos que tanto les ponen a las pijas. Un camello guapete, con ganas de prosperar. Comparten un par de rayas, o lo que sea. Y la chica compra. Y como le gusta el chico, y lo que sea que se meten juntos, le sigue llamando. Dí­as de coca y rosas, o algo así­. Sólo que el chulo no es tonto, y aparte de cepillarse a otras… – esto lo metí­ de mi cosecha, ahora podí­a ser un buen momento para que los celos entrasen al juego. Intenté cazar alguna reacción en su rostro, pero no movió ni una ceja – Aparte de cepillarse a otras, digo, se da cuenta que tiene un chollete entre manos. Porque la chica bien le compra hasta la coca que se meten los dos. Un negoción. ¿Voy bien?

    - No, pero estoy deseando saber cómo sigue – la ironí­a le salió casi perfecta, pero me dio la sensación de que alguno de mis tiros al aire habí­a dado en la diana.

    - Bueno, el caso es que la chica se siente culpable, porque está engañando al chico bueno, así­ que quiere terminar con el chulo, y de paso dejar de meterse. Pero el chulo le tiene echado el ojo a una moto nueva. Una Triumph Bonneville. Muy bonita. Aquí­ la historia se nubla un poco. Probablemente discuten, o él se huele que le quiere dejar. El caso es que él aprovecha una de las visitas que le hace a la chica para hacerse con una copia de unas fotos que ella le ha enseñado. En las que sale muy guapa. Que probablemente tiene guardadas en un portátil como ese que está en el salón.

    - Tengo un portátil, qué observador. Me quito el sombrero.
  • - Sí­ que soy observador. Podrí­a pintar de memoria los lunares que la chica tiene en la ingle izquierda. – Saqué la foto y la puse sobre la mesa. Sólo para molestar.- Pero sigamos, que todaví­a no he terminado. El chulo decide que le puede sacar la pasta a la chica, por las buenas o por las malas. O mejor aún, ¿por qué beber del botijo, cuando puedes ir a la fuente? Así­ que el gilipollas de él, manda las fotos al padre de la chica. El padre contrata a un detective, muy listo, y con un rudo atractivo viril. El detective da con quien hizo las fotos, que es el chico bueno, el chico bueno habla con la pija. La pija se da cuenta de la historia, y habla con el chulo. Y acuerdan retomar la relación erótico-comercial que mantení­an antes, para tener a papi ignorante de la vida disipada de su nena. Que a papi no hay que darle disgustos. Él acepta no pedirle dinero al padre, ella acepta ir dándoselo, vuelven a meterse, vuelven a acostarse y el chico se compra la moto con la pasta que le da la chica. Y hasta ahí­ llego.

    La última parte fue la que menos le gustó. Desvió la mirada un par de veces. Y miraba hacia el edificio de enfrente cuando se dignó a contestarme.

    - Tiene mucha imaginación.

    - Eso me lo dicen mucho.

    - La historia está muy bien, pero no tiene nada que ver con la realidad.

    - Bueno, es una reconstrucción. Siempre se añaden detallitos.


    - Ví­ctor no me necesita a mí­ para comprarse una moto.

    - Puede ser, igual me he equivocado en lo de la moto. Vale, pues tení­a la moto ya de antes.

    - Pues sí­, cuando la conocí­ ya la tení­a.

    La chica era rápida en apuntarse a una mentira. Qué fallo más tonto. Paladeé el dulce sabor de la victoria. El pillar al otro de farol. Podrí­a vivir de esa sensación, de whiskey y cacahuetes. Rematé lo que quedaba de café antes de empezar mi retirada.

    - Bueno, pues nada, me he equivocado. Lo siento mucho, no quiero ser una molestia. Yo me voy.

    Me miró atónita.

    - ¿Y ya está?

    - Claro, mujer. No me voy a quedar aquí­ mientras me sueltas mentiras y chorradas. Mi historia ya la tengo. Y si la verdadera no es exactamente esa, será una muy parecida.

    - Un momento, ¿qué va a hacer?

    - Hablar con tu padre. Es mi trabajo. Le contaré todo esto que te he contado a ti, pero con algún "quizá" y algún "probablemente" que añadiré para quedar bien.

    - Eh, un segundo…

    - Tu padre llamará a alguien, seguro que tiene a quien llamar para estas cosas. Un par de tí­os visitarán a tu amigo Ví­ctor, y le harán comerse la moto. Esperarán a que vomite y se la harán comer otra vez. Tu padre te cerrará el grifo, y volverás a casita de papi y de mami, para no que no te descontroles tanto. Ah, y también le devolveré una llamada a Mario. Pobre chico, tan majo… merece saber qué es lo que ha estado pasando a sus espaldas, ¿no?

    Dije todo esto mientras me levantaba de la silla y me poní­a el abrigo. La cara de Silvia pasó de la preocupación al llano y simple terror.

    - No puede hacer eso.

    - Puedo y debo. Ya te lo he dicho: es mi trabajo.

    - Le he dicho la verdad, no es eso lo que ha ocurrido.

    - Claro, eres sincera y transparente, como un manantial de la montaña. Sólo que muy lista no eres, o no estarí­as en este lí­o. No se miente en algo que se puede comprobar tan fácilmente.

    Dejé encima de la mesa una copia del registro de tráfico de la Bonneville de Ví­ctor. Comprada hací­a dos semanas.

    - Esa moto se la ha comprado con tu dinero. Y no sé si es por drogas, o por qué. Pero te ha estado sacando pasta, y piensa seguir haciéndolo, a no ser que alguien le pare. Mañana iré a ver a tu padre. Si quieres algo de mí­, estoy en la guí­a de teléfonos.

    Me largué antes de dejarle decir nada más. Habrí­a podido quedarme, y escuchar una nueva mentira. Por el momento, me gustaba más mi historia. Me habí­a quedado muy bien.

    (Continuará)
  • Capí­tulo 10: Una pistola

    Al salir de casa de Silvia me fui directo a la de Ví­ctor. En mi historia faltaban demasiados detalles. Quizá incluso estuviese equivocado en todo. Si era así­, al salir yo por la puerta, Silvia habrí­a llamado a Ví­ctor. Eso significaba que a lo largo del dí­a era probable que yo recibiese el puñetazo en los morros que siempre me cae en todos los casos. Puñetazo del que me habí­a ido librando por ahora y que no echaba de menos.

    La moto estaba aparcada junto al portal. Me instalé con el coche en una bocacalle, desde la cual tení­a una visión perfecta de la moto. Si Ví­ctor salí­a, le verí­a.

    Repasé toda mi historia. Fallaban cosas. En el fondo era correcta, pero los detalles no lo eran. No era un asunto de drogas. No sabí­a exactamente cuánto dinero le pasaban al mes los padres de Silvia a su niña. Pero supuse que bastante. Si ella se hubiese gastado toda su paga en vicio ahora habrí­a que ir a visitarla al Anatómico Forense. Hay mucha gente que consume y tiene buen aspecto. No hay más que poner la tele por las tardes para comprobarlo. Pero mi historia requerí­a que fuese mucha droga. Y con tanta, no se tiene el buen aspecto que Silvia tení­a a las 10 de la mañana de un dí­a cualquiera.

    Y sin embargo, algo estaba claro. El dinero de Silvia se iba por algún lado. Y estaba seguro de que se habí­a transformado en esa bonita moto que tení­a ante mis ojos. Pero ¿a cambio de qué?

    Tras un par de horas de espera, Ví­ctor, con cara de malas pulgas, salió de su casa y se subió a su moto. Al hacerlo pude ver algo que me resultó bastante inquietante. Cuando se inclinó para pasar la pierna por encima del sillí­n dejó ver por un momento una pistola que llevaba en una sobaquera.

    Así­ que esas tenemos, pensé. Arranqué el coche, y le seguí­, a distancia prudencial. Cruzamos la ciudad por una amplia avenida. Conducí­a tras él, cmanteniendo un par de coches entre nosotros, y a medida que dejábamos atrás bocacalles, tiendas y gente, crecí­a en mí­ una sospecha. O mejor dicho, un mal augurio.

    La sensación se confirmaba con cada giro que hicimos. Y no dejó lugar a dudas cuando Ví­ctor aparcó su moto en un callejón discreto, a sólo unos pasos de la entrada de mi oficina.

    Pensé en subir tras él, pero el recuerdo de la pistola me disuadió. No soy el hombre más valiente del mundo, lo reconozco. Si quisiera ir por la vida enfrentándome a macarras armados con una sonrisa y buena voluntad serí­a profesor de instituto. Decidí­ esperar. Es un edificio de oficinas, y el portal lo dejan abierto, así­ que, Ví­ctor echó un vistazo al portero automático para saber cuál era mi piso y subió directamente.

    Minutos después estaba de nuevo en la calle. Al salir del portal dudó unos segundos. Sí­, muchacho, pensé, con una moto se liga más, pero cuando se trata de esperar a alguien, es más cómodo el coche. Finalmente cruzó la calle y se metió en la "La Costa Azul". Un bar bastante cutre donde desayuno a veces. Y un buen sitio para esperar.
  • Llamé a Marta.

    - Hola chica, ¿me puedes hacer un favor?
    - Nada sexual, ¿eh?
    - No, nada sexual. ¿Tienes algún ordenador a mano?
    - Sí­. Estoy en casa.
    - ¿Con conexión a internet?
    - Sí­
    - Vale, pues te llamo en 5 minutos.

    Subí­ a mi oficina, y creé una cuenta de correo gratuita. Podí­a haberle pedido a Marta una dirección suya, pero a saber a quién ha ido dando esta chiflada esa dirección. Si de alguna forma se podí­a relacionar la dirección con ella, no me serví­a.

    Escribí­ un mail a la dirección nueva y volví­ a llamar a Marta.

    - Hola otra vez, acabo de mandar un mail a una dirección de correo. Toma nota, la dirección es pazyamor1998@hotmail.com la contraseña es "quetejodan". Compruébalo y contéstame al mail. No pongas tu nombre, ni nada más. Sólo confí­rmame que lo has recibido.
    - Vale. A sus órdenes.
    - Oye, cuando termine todo esto, si quieres te doy un par de clases de conducir.
    - Hala, cómo mola. ¿Me dejarás conducir tu coche?
    - Sí­, buscaremos algún aparcamiento solitario.
    - Eh, no será un truco para meterme mano…
    - Joder, qué maní­a te ha entrado ahora con eso.. No, sólo es para que no mates a nadie.
    - Buah, si lo tengo controlado. Mi compañero de piso tiene una play, no veas las palizas que le meto.
    - Ya, oye, te tengo que dejar, haz eso que te he dicho, ¿vale? Es importante.
    - Vale. Ahora mismo. Pero yo pondré la música cuando conduzca.
    - Que sí­, coño.

    Al cabo de 5 minutos llegó su contestación a mi mail. Sintiéndome más seguro, dejé la puerta de la oficina entreabierta y me senté a mi mesa. Ahora sólo habí­a que esperar. Pasó una media hora y finalmente Ví­ctor apareció, cerrando la puerta tras de sí­.

    - ¿J.J. Sefton?
    - Si no soy yo es que me he colado en el despacho de otro.
    - No me toques los cojones.
    - Pues vale, sí­, soy yo.

    Sacó la pistola de la funda y me encañonó.

    - Tenemos que hablar.


    (Continuará)
  • Capí­tulo 11: ¡Guau, guau!

    No me gustan las armas. Menos cuando me apuntan a mí­. Y menos cuando el que me apunta parece tan nervioso como lo estaba Ví­ctor en ese momento. Pero me sobrepuse a la angustia y al pase de diapositivas de mi vida; yo abofeteado por Elenita en 5ª de EGB, yo expulsado de mi instituto, yo pateado por el novio de Elenita en una fiesta de la Universidad, yo haciendo malabares con tenedores en el Penélope’s para deleite de la concurrencia… Esa selección de momentos que acabamos denominando vida.

    Pero no era momento para sentimentalismos. Un idiota ante mí­ tení­a una pistola, y querí­a hablar.

    - Pues adelante. Habla.

    Curiosamente, no se esperaba eso. Tardo unos segundos en arrancar.

    - Eh… Estoy hasta los huevos, y alguien va a acabar pagando el pato, ¿vale? ¿Qué le has dicho a Silvia esta mañana?
    - Que tú le estás chantajeando. Y que mañana iré a contárselo a su padre. Y que a ti te van a joder vivo.
    - ¡Qué hijo de puta!, pero ¡qué hijo de puta!
    - Tu preguntas y yo te contesto.

    Ví­ctor mantení­a la pistola alta, con el brazo estirado. Y cada pocos segundos aflojaba la mano y la volví­a a apretar en torno al arma. Como para asegurarse de que estaba allí­. El mal que han hecho los raperos a todos los delincuentes de este mundo. La pistola mejor pegada al cuerpo, así­ es más difí­cil que te la quiten. Aunque en este caso no importaba, habrí­a preferido compartir jacuzzi con mi portera a intentar quitarle la pistola a Ví­ctor.

    - Eso es una puta mentira, y tú lo sabes
    - No, no lo sé, si supiese la verdad contarí­a la verdad. Pero ni tú ni Silvia estáis muy por la labor.
    - Sí­ que la sabes, cabrón de mierda, y el padre de Silvia también la sabe. Lleváis tiempo jodiéndonos.
    - Yo de eso no sé nada.
    - ¡Una mierda que no sabes!
    - Escucha, ¿por qué no bajas la pistola y charlamos un rato?, me parece que los dos nos estamos perdiendo aquí­ parte de la historia
    - No, cabronazo, no la bajo. Porque si vas al padre de Silvia a largarle esa mierda mandará a alguien a por mí­. Eso es lo que he venido a decirte, si le dices eso a Lorenzo Madrigal, vas a acabar en un callejón con un tiro en la nuca.
  • Bueno, algo habí­amos avanzado. Ya tení­a una amenaza clara sobre la mesa.

    - No. Eso no va a pasar. – Me levanté de la silla despacio – Siéntate ahí­ y echa un vistazo a un correo que tengo.
    - No me la juegues, cabrón.
    - No te la juego, sólo mira un mail.

    Debió de sorprenderle mi tranquilidad, porque me hizo caso. Se sentó a mi mesa, y leyó en el ordenador el mail de Marta.

    - "Mail recibido" – Leyó – ¿Y qué?
    - Lee más abajo, eso es la confirmación de alguien de un correo que le he enviado. Abajo tienes el texto del mail.

    Ví­ctor releyó el texto una y otra vez. Mientras tanto, mascullaba. Hijo de puta… qué hijo de puta. El mail no era más que una descripción de la situación. Decí­a así­:

    "Dentro de unos minutos, Ví­ctor Martí­n se presentará en mi oficina. Va armado con una pistola. Si desaparezco, o me pasa algo, llama a Ridruejo, de la Central. Cuéntale de qué va el caso. Y dale el nombre de Ví­ctor, la matrí­cula de la moto, la dirección, y también esta foto suya que te enví­o. Y dile a Ridruejo que siento que no nos hayamos comido esa paella que le debo. Los datos van todos en el adjunto"

    Ví­ctor dejó la pistola sobre la mesa. Apoyó la cara en la mano, pensando. Parecí­a que yo ya no estaba en la habitación. Pero sí­ que estaba. Cogí­ la pistola y la dejé sobre una estanterí­a, al otro lado de la habitación.

    - Ví­ctor, así­ están las cosas. Si me haces algo a mí­, no vas a durar dos minutos en la calle.

    Me senté en la otra silla. Una sensación extraña; ahora parecí­a yo el cliente y Ví­ctor el detective. Claro que Ví­ctor habí­a entrado con una pistola, y ahora estaba a punto de echarse a llorar. El mundo al revés en dos minutos. Me dieron ganas de revisar mi cuenta corriente, a ver si el efecto habí­a llegado hasta allí­.

    - ¿Y ahora qué hago?... – Ví­ctor finalmente, levantó la mirada.- Ahora… ahora yo qué coño hago, ¿eh? ¡¡¿Qué coño hago ahora?!! – Dio dos puñetazos a la mesa que casi volcaron mi bote de los bolis.

    Me dio pena. Hay pocos problemas que se puedan solucionar con una pistola. Y menos aún si vas por ahí­ anunciando las intenciones. Habí­a que estar realmente desesperado para pensar que uno puede saler de un atolladero sólo con agitar una pistola delante de las narices de alguien.

    - Ahora nos calmamos los dos un poco, ¿vale? Y si queremos llegar a algún lado, cuéntame de qué va todo esto.
    - ¿Y eso qué arregla?
    - A ver, yo no estoy en nómina de Lorenzo Madrigal. Por mí­ como si se unta en feromonas y se mete en la jaula del gorila del zoo. A mí­ me paga para averiguar quién le mandó unas fotos. Cuando sepa eso y por qué, cobro y me quito de en medio.
    - ¿Las fotos? – Me miró con incredulidad - ¿Todo esto por la puta mierda de las fotos? – Hizo una pausa, y estuvo a punto de echarse a reir – No me jodas, hombre…

    Me sentí­ un poco idiota. Estaba claro que las fotos eran una parte mí­nima del asunto. Pero eso de "la puta mierda de las fotos" me dejó, lo reconozco, un poco descolocado. Si a estas alturas lo de las fotos era lo único que tení­a en firme, es que seguí­a fuera de juego.

    Convencí­ a Ví­ctor de que contarme todo podí­a suponer un cierto seguro para él. Yo trabajo para quien me paga, pero no me gusta señalar a alguien con el dedo y que luego aparezca muerto, o entubado en una cama de hospital. Si pasa eso, se lo acabo contando a la policí­a. Una mezcla de ética y de no querer acabar en la cárcel. A cincuenta por ciento. A veces la proporción se inclina hacia un lado o hacia otro, pero esa ya es otra historia.
  • Y funcionó. Ví­ctor empezó a hablar. Me dio la impresión de que por fin alguien me estaba contando de verdad todo lo que sabí­a. Mientras él hablaba y yo ataba cabos por mi cuenta, empecé a sentirme un poco avergonzado. Recordé mis tardes desperdiciadas en el canódromo. Se abren las compuertas, sale una liebre falsa y todos los chuchos echan a correr tras ella.

    Ahora que Ví­ctor contaba su historia, estaba claro quién llevaba un par de semanas haciendo de galgo.

    (Continuará)
  • http://jjsefton.blogspot.com

    Ya que el amigo psiconauta del inconsciente no postea los capitulos finales de la saga...

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