Legado intelectual de Darwin en siglo XXI por ílvaro Fischer Abeliuk
  • por ílvaro Fischer Abeliuk

    El filósofo Daniel Dennett afirmó en su libro “La peligrosa idea de Darwin” que si él tuviera que darle un premio a la mejor idea jamás concebida, se lo darí­a a Darwin, antes que a Newton, Einstein o cualquier otro, porque la idea de selección natural “de una plumada unifica el ámbito de la vida, y sus significaciones y propósitos, con el tiempo y el espacio, la causa y el efecto, el mecanismo y la ley fí­sica”. Con ello quiso indicar que la selección natural nos permite pasar de manera coherente desde los objetos fí­sicos a un subconjunto de ellos, los seres vivos, y entre éstos, a aquellos capaces de generar cultura (información que no se transmite por medio de los genes, sino por imitación, aprendizaje o enseñanza), como los seres humanos, que les dan significado y propósito a sus acciones.El mecanismo de selección natural que propuso Darwin no tiene un propósito que lo guí­e (las variaciones genéticas generadas son todas al azar) ni un cerebro central que lo organice (la prueba de supervivencia y reproducción a que es sometido cada ser vivo ocurre de manera descentralizada en el particular nicho ecológico en que le toque vivir). Esto también puede traducirse afirmando que el diseño que observamos en el mundo natural, los rasgos que exhiben los seres vivos, no requieren de un diseñador. Todo esto introdujo una gran disrupción en el escenario intelectual del siglo XIX, y sus repercusiones siguen hasta nuestros dí­as. Asimismo, esta mirada les quita el carácter especial que los seres humanos se conferí­an a sí­ mismos, para transformarnos en una especie más que proviene de especies antecesoras.

    Aunque no se requiera de un diseñador para entender el mundo a nuestro alrededor, eso no prueba la inexistencia de Dios, sino permite no invocarlo para explicarlo. Eso deja algún espacio a creyentes y no creyentes para compatibilizar sus convicciones con la evolución por selección natural, según la mayor o menor comodidad intelectual que eso le genere a cada uno. Las ideas de Darwin habí­an dejado pavimentado el camino para comprender las conductas de los seres humanos, pues la selección natural moldeó nuestra mente (el procesamiento de información que ocurre en nuestro cerebro), que es donde se generan esas conductas. Sin embargo, esas ideas fueron contaminadas con una mancha moral por el así­ llamado “darwinismo social”. Éste afirmaba que la “supervivencia del más fuerte” se podí­a trasladar a las doctrinas polí­ticas, desde la eugenesia hasta las atrocidades del nacionalsocialismo alemán, basado en “falacia naturalista” (lo que “es” naturalmente, también “debe ser” moralmente) e invocando el error fáctico de que la “supervivencia del más fuerte” era una manera adecuada para describir la selección natural. Cuando Hamilton y Trivers, entre 1964 y 1971, mostraron que el altruismo y la cooperación forman parte de las conductas que surgen por selección natural, sin contradicción con los postulados de Darwin, dicha mancha moral pudo ser limpiada, y la perspectiva evolucionaria comenzó a florecer de nuevo. mas en www.oppidium.cl

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