DE SIBERIA A FLORENCIO VARELA
K. Volodymyr, una máquina de matar
Se llama Klimov Stelmaj Volodymyr y dice que combatió en Afganistán para el ejército ruso y que fue un experto conductor de tanques y francotirador. Dice que mató a más de 300 personas y que la mafia rusa asesinó a su esposa, a su hija y a su hermano boxeador. Está preso en Florencio Varela, donde sus compañeros le temen. Fue condenado a cadena perpetua porque mató a dos personas en medio de una pelea. Alega que fue en defensa propia. Sueña con volver a su país.
Por RODOLFO PALACIOS
Lamento. “En la Argentina maté a dos y me encarcelan de por vida.â€
En todas las fotos en tono sepia, el niño de ojos celestes, cabeza rapada y ceño fruncido aparece serio. Posa con uniforme y arma de juguete, junto a su madre en un campo de girasoles y con sus conejos apilados en cajas de cartón. El escenario es Tambov, Siberia, donde en 1919 una rebelión de campesinos se levantó contra los bolcheviques durante la Guerra Civil Rusa. A los 41 años, Klimov Stelmaj Volodymyr sigue rapado y con la mirada fija. Tampoco sonríe. Y no tiene motivos. Añora los recuerdos de su infancia y los 40 grados bajo cero de su ciudad. Ahora lo tienen a maltraer la cumbia villera a toda hora, las chapas de la cárcel de Florencio Varela, que parecen cocinarse a fuego lento con los 30 grados de la tarde, y una condena a cadena perpetua.
“El ruso mete miedo, nadie se le anima a sostenerle la mirada. Es capaz de hacer un arma con una lapiceraâ€, cuenta uno de los guardias de la Unidad Penal Nº 24 de Florencio Varela. El director, Daniel Elizalde, dice que tiene conducta ejemplar pero que no lo entusiasma hacer artesanías o estudiar Derecho, como a muchos de sus compañeros. En el patio, el musculoso Klimov hace ejercicio sobre una barra oxidada. Parece un gimnasta, aunque se lo podría comparar con el ruso Ivan Drago, el temible rival de Stallone en Rocky IV. Para los jueces que lo condenaron, es un asesino profesional, que mató a sangre fría.
El dice que aquel 18 de noviembre de 2003, en una esquina de la localidad bonaerense de San Martín, sólo se limitó a defenderse de dos rusos y un ucraniano que le tendieron una trampa. “Me debían 2.500 dólares, pero en lugar de devolvérmelos me quisieron matar. Cuando estaban por dispararme, les gané de mano y los maté desde el pisoâ€, cuenta en un castellano claro. Fueron dos disparos a cada uno. En la cabeza. “Dijeron que maté con alevosía, pero en mi país se mata así. Me entrenaron para disparar de ese modo. Me defendí. Si hubiese querido que el crimen quedara impune lo podría haber logrado porque sé cómo hacerloâ€, afirma. Las víctimas fueron Alexander Nescuva y Tatiana Pendak. Una tercera persona sobrevivió. “Pensé que iba a contar la verdad y que actué en legítima defensa, pero mintió y me acusó. Ellos eran espías de la KGBâ€, denuncia.
Klimov muestra fotos y documentos de su paso por el ejército ruso. Dice que en 1985 combatió para la Unión Soviética en Kabul contra los talibanes de Afganistán. Con orgullo, exhibe una medalla que logró como soldado especial de primera clase, experto en manejo de armas y granadas, adiestramiento de perros, conducción de tanques y escalada de montaña. “Fui francotirador y aprendí a desarmar explosivos. Me hirieron muchas veces y tengo varias cicatrices y piel injertadaâ€, se jacta. “En la guerra, que fue por el petróleo, muchos de mis compañeros volaron en medio de explosiones o ráfagas de ametralladoraâ€, cuenta.
También dice que formó parte de la Policía Militar durante 16 años e integró el Grupo Especial de Operaciones y Búsqueda de Prófugos de la cárcel de máxima seguridad de Moscú. "En comparación con las cárceles rusas, el penal de Varela es un sanatorio. Allá los muros son mucho más altos, hay rejas por todas partes y alambrados electrificados con 2.500 voltios. Escaparse es ir a la muerte segura. Al fugitivo se le lanzan los perros. Yo los perseguía en el helicóptero. Teníamos la orden de matar. No podían volver vivos. Algunos morían mutilados por los osos, que nos ahorraban el trabajo", recuerda.
Una de esas búsquedas, que concluyó con seis presos asesinados, le hizo ganar enemigos de la mafia rusa. "En 1993 un camión aplastó a mi mujer y a mi hija de diez meses. Luego, en medio de apuestas clandestinas, asesinaron a mi hermano, campeón de boxeo", confiesa mientras dibuja en un papel la secuencia del camión que mató a su familia.
En 1999 escapó de la mafia. Llegó a la Argentina con un amigo y trabajó como custodio privado de un empresario que solía pasearse con su maletín lleno de dólares. Tras la condena, su primer destino fue el penal de Sierra Chica, donde tres presos lo amenazaron con una faca. Dice que les dio su merecido, a mano limpia, y los mandó al hospital. "Sé defensa personal, artes marciales, y con un movimiento puedo inmovilizar a alguien. Muchos presos me tienen miedo y ni siquiera se animan a dirigirme la palabra. Cuando practican boxeo con una bolsa me voy para no lastimarlos".
Después de desplegar su currículum sellado a sangre y balas, la pregunta es inevitable.
—¿A cuántas personas mató?
—En mi foja de servicios del ejército ruso figuran más de 300 enemigos caídos en combate. En la Argentina maté a dos. Y me encarcelaron de por vida.
Klimov guarda las fotos en una bolsa y dice que extraña a sus padres. "Espero volver a verlos algún día, antes de que se mueran", dice mientras camina por el pasillo hacia su celda. A su paso, sus compañeros hacen silencio. Saben que ese hombre serio carga más crímenes que todos los presos del pabellón de máxima seguridad.